
Abr 2003
¿Dónde se
esfuman las grandes civilizaciones? ¿Será que el ser
humano es capaz de
realmente borrar los aprendizajes milenarios de sus hermanos? ¿Y
quien decide
hoy en día cual fue una gran civilización? ¿Los
arqueólogos? ¿Los gobiernos? ¿Los
turistas y su dinero?
Entre los
profundos cañaverales de los actuales estados de Arizona, Utah,
Colorado y
Nuevo México, se desarrolló la misteriosa cultura
Anasazi. Desaparecida cientos
de años antes de que cualquier europeo pisara tierras del
hemisferio occidental,
sus antiguas construcciones permanecen encajadas entre las inmensas
paredes de
piedra roja. Se dice que algunas estructuras eran templos mientras
otras viviendas
ó guaridas. Pero hoy en día, todas aparentan nidos de
algún enorme ser volador
de la era prehistórica.
Penetrando
poco a poco las profundidades de la enorme zanja que es el Canyon de
Chelly, me
absorben sus paredes lizas. Me imagino que por aquí rugió
un río colosal siglos
antes de la llegada de los Anasazi. Nos acercamos a la Casa Blanca. Su
precioso
detalle se vuelve más y más nítido a cada paso.
Caminando
por el borde del precipicio, el surco gigantesco parece haberse
hundido. Aquí
los ángulos entre superficies son de 90 grados. A lo lejos se
ven enormes
pedazos de rocas arcaicas. El sagrado monte araña aparenta un
cohete espacial
de piedra y barro.
La
principal leyenda de la civilización Mexica, ó Azteca
como se les bautizó
después de su conquista, cuenta que se llevó a cabo una
gran migración de norte
a sur. No se sabe de donde exactamente. Pero una de las especulaciones
principales concluye que la mítica ciudad de Aztlan, predecesora
de la gran
Tenochtilán, estaba situada dentro de esta región
norteamericana llamada de las
cuatro esquinas. Los arqueólogos nos dicen que los Anasazi
desaparecieron en el
año 1300, mientras Tenochtitlán fue fundada en 1325.
¿Podría ser que los
desaparecidos de aquí son los aparecidos de allá?
A unos
cuantos kilómetros, la realidad del presente oscurece la magia
de las reliquias
de antaño. A la orilla de la carretera se encuentran los
pudrientes restos de
un caballo. Solo huesos quedan de sus patas traseras. Poco
después, una decena
de buitres se alborota por otro organismo muerto. El viento baila con
basura de
todo tipo, estrellando latas y bolsas en nuestra parrilla. Nos
encontramos en
el corazón de la reservación de Indios Navajo.
Al parar
en una gasolinera, un joven, con piel de cuero oscuro, nos pide un
aventón.
Cualquier lugar parece mejor que aquel rincón descuidado y
olvidado. ¿Realmente
seguimos todavía en el país más poderoso y rico
que la humanidad haya conocido?