
Como ha
sido costumbre, los países del sur global (también
llamados tercermundistas,
subdesarrollados, o simplemente jodidos) buscan copiar las
ideologías y técnicas
de los ricos en busca de la fórmula mágica que les
permita ser como ellos. En
América Latina, dicha falta de originalidad se ha expresado
continuamente por
medio de erecciones de cemento y hierro torcido, que buscan parecerse a
los
palacios y teatros de los autollamados países civilizados.
A
mediados del siglo pasado, la dictadura venezolana decidió
encarar los
problemas de vivienda en su capital basándose en los grandiosos
esquemas del
movimiento de arquitectura modernista. Si los europeos y gringos
apostaban por
las teorías de Le Corbusier, pues nosotros no nos
podíamos quedar atrás.
Un
proyecto residencial masivo en Caracas proponía la
construcción de una ciudad
modelo en la cual habitarían 60,000 personas. El mega-complejo
urbano que se
construyó culminó como sede de 38 superbloques de 15 pisos cada uno, con hasta 450
apartamentos cada uno, al igual que 42 bloques menores, escuelas,
guarderías,
mercados y centros comerciales, todos entre tejidos entre los
laberintos de
concreto.
Sin
embargo, justo antes de la gran inauguración, el golpe del
‘58 cambió el destino
de la comunidad. Las viviendas de la utopía venezolana, nacida
para albergar a
los de arriba, fueron tomadas por los de abajo. Nunca se le
conoció como Urbanización 2 de Diciembre,
como leían
los planos azules. Los marginados de siempre gestionaron por asegurarse
que
nunca se olvidaran sus acciones: se le nombró a la inmensa
comunidad el 23 de Enero en conmemoración de
ese
día en el cual también cayó el gobierno del
General Pérez Jiménez.
La
comunidad se convirtió en una punta de lanza para aplicar los
ideales de sus
héroes, y por lo tanto, fue continuamente castigada por los que
se enriquecen
de la desigualdad. Se declaró la guerra sucia en contra de la 23
sin distinguir
edad o ideología. Y a través de los años, grupos
organizados florecieron dentro
de los bloques modernistas. Usando la sangre de los caídos como
inspiración y
el bienestar de todos como motivación, organizaciones como la
Coordinadora
Simón Bolívar se lanzaron a la vanguardia de la
revolución Bolivariana, mucho
antes de que el presidente Chávez la expusiera al resto del
planeta.
Orgullosamente,
miembros de dicha coordinadora me exhibieron sus centros de cultura y
deporte,
estudios de arte, brigadas de muralistas, difusoras de medios de
comunicación
independiente y aulas de historia, entre otros. No pude evitar el
pensar en la
ironía del megaproyecto: a pesar de que el destino le
cambió el nombre, este no
pudo quitarle el título de verdadera ciudad modelo. Distintas
necesidades
perciben distintas realidades.
Un mural
en particular me llamó la atención. La pared dedicada a
la Coordinadora Simón
Bolívar era adornada por dos caras. Sin embargo, la imagen del
prócer que lleva
la organización en su nombre no aparecía. La siempre
presente cara del Che
Guevara era compartida por un barbudo irreconocible. Se me
explicó que se
trataba del difunto cantante Ali Primera. El Víctor Jara del
golfo de Paria, y
portavoz de la lucha social en el país por décadas, se
convirtió en mártir
cuando murió misteriosamente en un accidente
automovilístico en 1986.
Mi
curiosidad fue recompensada con Canción
para los Valientes
– obra maestra de la trova insurgente que se me presentó
como recuerdo de nuestro intercambio. La inspiración
desencadenó tal urgencia
dentro de mí, que pocos meses después, me encontré
involucrado en la lucha
social en otra región de nuestro desamparado continente:
Guatemala.