Ayutthaya, Thailandia
    Ene 2001

    El reino de Tailandia, antiguo reino de Siam, y aún más antiguo reino de Ayutthaya, se enorgullece hoy de su historia: desde el inicio de la dinastía Chakri en 1782, se ha logrado esquivar ocupación y colonización. Reinos e imperios de varios continentes han intentado la hazaña, siempre fracasado. Vecinos como Birmania, el imperio Khmer y el Vietnam, consiguieron arrebatarle uno que otro territorio. Los omnipresentes franceses e ingleses salieron frustrados en los siglos 19 y 20, mientras los japoneses lograron alinearlos en su bando durante la 2ª guerra mundial. Pero los astutos tailandeses percibieron que ese barco se hundía, y saltaron a la nave norteamericana. La historia nos dice que hoy en día Tailandia es independiente, pero en el sur global, la realidad siempre es relativa.

    Caminando por las calles de la antigua capital de Ayutthaya, los antiguos wats y sus estructuras coníferas comparten calles y plazas con viviendas de ladrillo y teja. Es difícil distinguir cual es ruina del siglo 13 y cual es vivienda del siglo 21. Perdido en un callejón, niños juegan al bádminton sobre charcos de lodo. En su asombro, me uno al juego, y minutos después me encuentro tomando una limonada en un patio. Abuelas y tías sonríen y hacen gestos – la palabra farang es repetida más de una vez. Sé que hablan de mí, el extranjero.

    Repentinamente, aparece una chica entrando más o menos en su segundo cuarto de siglo. Se defiende bien en el inglés. Pero entre mas rojo se torna el sol sobre las palmeras, menos entiendo su situación: Resulta que se acaba de casar con un farang de Arizona, al cual solo conocía por correos electrónicos - Me crece el interés por su pasado... El hombre resulta ser más de 30 años su mayor, y por la foto que me enseña, el triple de su peso – no me cuadra lo acontecido... Aparentemente solo ha visto a su nuevo marido unas horas de su vida, hace unas semanas atrás, cuando este vino a culminar el trato... Me llega un escalofrío, e inmediatamente me doy cuenta que converso con lo que llaman Mail-order bride, una esposa comprada por correspondencia. El concepto me atolondra por unos instantes.

    Inconscientemente no puedo evitar preguntarle si tiene miedo de ir. Percibo un pavor disimulado en su sonrisa anormal y búsqueda de apoyo en sus ojos fundidos, pero la respuesta es honesta. Lo equivalente a un “pues, si”. Los niños corren en círculos de felicidad y otros familiares ríen y beben, celebrando la fortuna de la joven chica. Ella ni siquiera conoce Bangkok, pero pronto vivirá en Arizona. Vivirá en los Estado Unidos de América, que es lo que importa, y así logrará asegurar el futuro de la docena de gente que nos rodea. Le digo que no se preocupe, y sonrío. Pero el temor sobre su futuro me perturba profundamente.

    Este gran imperio del sureste de Asia ha logrado manipular el tiempo como ningún otro lugar del mundo. Su imborrable independencia mantiene un cronometro en movimiento perpetuo. Mientras tanto, de manera diaria, también logra congelar el tiempo cuando un segundo reloj marca las 8 y 18 horas. Comerciantes paran a medio paso en el metro de Bangkok al igual que los mercaderes en las banquetas de Chiang Mai - son momentos para elogiar al gran monarca. El himno del rey es el único sonido que retumba los timbales esas dos veces por día. Al finalizar el credo nacional, los comerciantes continúan andando y los mercaderes terminan su venta.

    El tiempo – gran misterio y eterno tema de discusión ¿Existe?  ¿Donde se acumula? ¿Cómo lo guardamos? En las grandes universidades del mundo, intelectuales de geografía y filosofía debaten incansablemente sobre el nuevo gran incógnita: el espacio cibernético. ¿Existe? ¿Donde se acumula? ¿Cómo lo guardamos? Pero en el mundo de carne y hueso, este nuevo espacio se vive de manera real, y contribuye a la eterna compra-venta de productos y comodidades: “Se venden vaginas, importadas de Tailandia. Solo calidad de Exportación”.

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